sábado, 17 de mayo de 2025

La plaza de la Baragaña-Candás (Asturias)

 

Soneto II


Los ángeles que busco, sin aliento,

En el color que enciende la mañana,

Parecen confesarnos con desgana,

Su triste desazón, su sufrimiento.

Parece que la vida, en un momento,

Te arranca de nosotros, si, lozana,

La luz del alba viene más temprana,

Armada de las brisas y del viento.

Y siento la estocada del hechizo,

La espada de granizo, cuya muerte

Te lleva a su jardín, alma callada.

Preciso será entonces que despierte,

Si el hielo miserable se deshizo,

Y el filo de la triste puñalada.


2024 © José Ramón Muñiz Álvarez

Los puñales de la helada”





Para María del Carmen Álvarez Menéndez

Playa de Carranques

 

Soneto II


Los ángeles que busco, sin aliento,

En el color que enciende la mañana,

Parecen confesarnos con desgana,

Su triste desazón, su sufrimiento.

Parece que la vida, en un momento,

Te arranca de nosotros, si, lozana,

La luz del alba viene más temprana,

Armada de las brisas y del viento.

Y siento la estocada del hechizo,

La espada de granizo, cuya muerte

Te lleva a su jardín, alma callada.

Preciso será entonces que despierte,

Si el hielo miserable se deshizo,

Y el filo de la triste puñalada.


2024 © José Ramón Muñiz Álvarez

Los puñales de la helada”

Para María del Carmen Álvarez Menéndez





El parque de les Conserveres-Candás (Asturias)

  EL PUERTO SILENCIOSO



I



El puerto silencioso,

las lanchas amarradas,

las algas en la piedra…

Pero ahora es el momento del descanso:

los hombres necesitan su descanso,

dejándose al placer de las tabernas.

La gente de esta tierra necesita

del vino en las tabernas

de la zona.

El vino en las tabernas de la zona…



II



Las viejas escaleras,

la rampa y los verdines,

la piedra y el salitre…

Atrás quedan las horas en la lancha,

los ratos de fatiga en los caireles,

los tiempos de dolor en los caireles.

Y puede el vino amargo de la vida

dar calma al marinero

que regresa

-la calma viene siempre con el vino-.



III



Y todo el panorama:

el faro allá en el cabo,

las playas a lo lejos…

Y va llegando, lento, ese crepúsculo

-son horas de silencio y de crepúsculo,

de cháchara esperando por la cena-.

La cena de esta gente se les sirve,

tal vez en compañía

de otros viejos,

en chigres sin manteles ni elegancia.



IV



También las olas tristes,

sus gritos en los bloques,

sus voces, sus arrullos…

Y es siempre bebedor el marinero,

no ha de faltar el vino al marinero,

pues pide el alma paz en duras lides.

Y cae la noche triste sobre todo:

las playas, los pedreros,

los cantiles,

los mares alterados, las espumas…



V



El puerto silencioso,

las lanchas amarradas,

las algas en la piedra…

Y llega ese momento del descanso:

los viejos pescadores necesitan

su rato de tabernas y de tascas,

su tiempo de relajo, su escapismo,

su fuga del cansancio,

la conquista

del vino en las tabernas de la zona…



VI



Pues es la vida dura,

como lo son las olas

y el viento espumarado,

sus voces siempre roncas, su tristeza,

la voz de su tristeza, sus penurias,

la rabia de su azote contra el muro

-lo mismo da en el puerto o en los cantiles-.

El puerto y los cantiles,

la derrota

de todas las espumas de los mares.



VII



Porque los días sienten

el golpe de las olas,

si es tarde de galerna.

Y siempre viven tiempos de galerna

los pobres que padecen la galerna,

los viejos pescadores del entonces.

Los tiempos, sin embargo, se han mudado.

La vida es hoy más fácil

para todos

y no es el vino ya una medicina.



VIII



El vino, medicina

que se hace necesaria

donde haya un hombre intrépido.

Donde haya un hombre intrépido y valiente,

que sepa de naufragios y desgracias

tendrá que estar el vino en las tabernas.

Y el vino sigue vivo en las tabernas

si quedan boniteros

todavía.

Y quedan boniteros todavía.



2025 José Ramón Muñiz Álvarez



jueves, 15 de mayo de 2025

EL PARQUE DE LES CONSERVERES CANDÁS

 “ASTURIAS SIN SER TÚ”

Para Cecilia, reina de los valles, dueña de los montes, señora de los astures.

 

I

 

Asturias, sin ser tú, te llena siempre: la ves donde la lluvia se hace lluvia, la ves donde los verdes se hacen vida. Y Asturias sigue siendo, como siempre, la voz de la enriscada, cuando añora la altura de las nubes que no alcanza. Y Asturias, siendo Asturias, que es lo propio, te llena en ese Oviedo que era tuyo, que sigue siendo tuyo, porque Asturias te cubre con la niebla del paisaje.

Y quiere ser la niebla del paisaje. Y sabe ser la nieve de las cumbres, la gota de rocío en cada claro: hay bosques que se escuchan en los claros, hay árboles que cantan sinfonías en esa Asturias nuestra de la aldea. Y luego está Gijón y, en sus espumas, el alma marinera, pero urbana, que busca ser lo histórico y lo nuevo, mezclados donde está Cimadevilla.

Y todo son latines en tu espíritu. Lo siento si te digo que eres fuerza del alba entre neblinas asturianas. Pues esa es la nostalgia que te llena, perdida en esos campos tan distantes que otrora me dijiste tierra tuya. Pero es que eres Asturias en las letras latinas de unos pueblos dominados que habitan en los castros donde brotan los gritos de humedad con sus perfumes.

Por eso eres Asturias donde vivas. Yo digo que hay Asturias donde Asturias te quiera perseguir con sus alientos. No olvides que, si naces, donde nazcas, tendrás, como el aroma del "orbayu", la voz de cada "xana" en una fuente. No en vano, eres la "xana" en cada fuente, la voz de cada "xana" en una fuente, los llantos de la "xana" en una fuente y el beso de la "xana" en esa fuente.

Qué raros son los reinos donde moras. Y Asturias va contigo donde vayas, que Asturias, sin ser tú, te vuelve suya. Y es tuyo el raro hechizo que esa Asturias sorprende en tur mirar de ojos oscuros, tan pardos como el tronco del castaño. Y hablar de castañares en otoño también es la llamada de una Asturias que dice la verdad de esas Asturias que quedan en tu nombre para siempre.

 

II

 

Asturias, sin ser tú, lo dice todo: lo dice el alma tuya cuando bebe la luz del alba clara en un bostezo que no sabe ignorar la lluvia dulce; lo dice tu carácter en las olas del mar que van llenando cada playa, no lejos de Entrellusa, si recuerdas; lo dice cada nube, cuando pasa, contando la verdad de sus historias, tal vez imaginadas por la brisa.

Asturias, sin ser tú, lo dice todo: lo dice tu mirada en cada bosque, si hay bosques todavía en esa Asturias que muere por la falta de las fábricas; lo dice tu tristeza si estás lejos, y es cierto que estás lejos muchas veces, pues cierto es que no vives en Asturias; lo dice lo que sé de cuanto sueñas, y sueñas, según pienso, muchas veces en horas de nuberos y de lluvias.

Asturias, sin ser tú, lo dice todo: lo dicen los helechos que te vieron, lo dicen las espumas en las playas, los árboles lo dicen, lo repiten. Y el eco de las tierras se hace brizna de todo lo que ofrecen las Asturias, si esconden, como pienso, la poesía. Tú sabes que hay poesía en las Asturias, que existe desde Liébana a Santiago, pues hay muchas Asturias en los siglos.

Asturias, sin ser tú, lo dice siempre: lo dices tú y me ofreces repetirlo, gritarlo con un verso en las montañas, los valles, los rincones del minero; lo dices, lo repites y lo impones, pues no eres esa Asturias de otras veces, mas sí la que te llena y hace suya; lo dices porque, siendo alma lejana, parece que, volando como el ave, tu espíritu regresa hacia mi tierra.

 

III

 

¿Querer hablar de tejos y de robles? ¿Querer hablar del monte del Auseva? ¿Acaso de las guerras astur-cántabras? Asturias ya fue un mundo de grandeza, para agradar tu anhelo de otros tiempos, pues eres una diosa historicista.

¿Querer hablar del aire del Cantábrico, de aquellos balleneros aguerridos y todo su valor, cruzando mares? Asturias se hace agreste en el paisaje.

 

IV

 

Dirás que los romanos son Italia. Dirás que está Virgilio con su "Eneida", cantando la grandeza del Imperio. Virgilio es decir épica, lo entiendo, y Horacio, como Ovidio y otros grandes, podrá lucir su pluma sin envidia. Te sé donde los versos de Catulo nos hacen travesuras lujuriosas, con besos a una Lesbia que no supo de playas asturianas, desde luego.

Y Asturias, sin ser tú, se vuelve vida: aquí sobra un Horacio y un Ovidio pudiera estar de más, si te das cuenta: los versos asturianos se hacen siempre del verso de la lluvia y de su beso, del alma de humedades pretenciosas. No ignoras que es Asturias la poesía que duerme en el espíritu del monte, lugar para los cuélebres que hechizan a damas y a doncellas del antaño.

Asturias, sin ser tú, se vuelve vida; Asturias, sin ser tú, se hace silencio.

 

2022 © José Ramón Muñiz Álvarez





LA PEÑA FURADA DE CANDÁS


“EL AGUA DEL ARROYO CORRIÓ RAUDA”


           El agua del arroyo corrió rauda, y el tiempo, como el agua del arroyo, también corrió a su gusto por el valle: los árboles la vieron, la miraron las densas hojarascas malheridas, la bella primavera cuando vino. Y entonces cantó el cuco en cada aldea, las noches escucharon, al ocaso, la voz inconfundible del silencio.

          Y vino abril, y el pájaro del agua cantó con la tristeza con que suele cantar, después del brillo del crepúsculo. Y el agua corrió rauda por el valle, y, hablando del deshielo, se hizo clara, volviéndose un espejo de los cielos. Y todos los misterios de la vida sellaron esa gruta, oscura siempre, que quiere escudriñar el que es curioso.

          Y quiero recordaros que el paisaje nos dice ese destino que ignoramos, nos viene preparando sin apuro: también somos la nieve derretida que corre, como el agua, hacia los mares que llenan las estancias de la nada. En tanto, serán todos estos bosques la vida que nos dieron, un capítulo que brilla y que se apaga en un momento.

          Por eso, en el helecho, entre las zarzas, tal vez en los maizales de la zona, quizás entre eucaliptos, lo comprendo: son estos episodios que vivimos como un torrente mágico que muere, que seca, si se acaba la corriente. Y pienso en esa patria cuya lluvia nos habla de la vida y se hace vida: Asturias nos regala lo que somos.

          Y somos el helecho y los castaños tupidos del otoño moribundo que duerme ya en las horas del diciembre. También somos manzana en el verano y el agrio del sabor de la manzana que debe madurar sin tener prisa. De todos modos, somos lo que somos, y somos como el viento que se esconde, vivimos como el ave que se esconde.

          Diréis que los autillos, en la noche, se esconden como el sapo cuyo canto parece al del autillo en nuestros bosques. Diréis que los autillos se asemejan también a los cuclillos de la tarde, si cantan los cuclillos a la tarde. Diréis que los arroyos también cantan, que son como esa brisa que no cesa, que roza los follajes que los árboles.

          Y yo, con mi paciencia, sé deciros que somos ese bosque y ese arroyo, palabras que se van a la deriva. Nosotros, alma triste, cuando llueve, bebemos en la lluvia nuestra vida, fundimos nuestro ser con la arboleda. Y somos puro bosque entre las fuentes que escuchan a los trenes que se acercan y espantan estas calmas inviolables.

          ¿No veis que las ardillas asustadas se lanzan a las ramas presurosas, oyendo los chirridos de las vías? Y el tren tiene algo mágico, entre tanto: también está su vida en nuestras vidas, también todo confluye en esa vida. El agua de la lluvia nos saluda, nos hablan en el barro los coprinos, la escarcha nos avisa de la nieve.

          Y hay algo en nuestra infancia que pervive, que dice lo que somos, lo que fuimos, aquello que seremos, pese a todo. Y hay algo que nos llena de alegría, si vamos caminando entre los troncos y vemos en los musgos humedades. Y poco importa ya que nos muramos: tener durante un tiempo el principado de todo este dominio es algo bello.

          Y somos como aquella enredadera, vivimos como el monte y el helecho, que saben respirar a cada instante. Y hay algo que palpita en lo que hacemos, y vive la emoción en nuestro espíritu, y amamos al espíritu que vive. Y somos con los árboles los árboles que dicen la verdad de lo que sienten, que sienten la verdad de lo que dicen.

          Por eso estas palabras son poesías, engaños y mentiras para todos o ciencia indiscutible en los que viven. Vosotros, que estáis vivos, sois los árboles que miran a la araña, cuando teje, que vieron al raitán en pleno vuelo. Y yo, que voy diciendo lo que siento, pronuncio mi locura sin temores en estos bosques propios de la vida.

          Un duende misterioso me lo dijo.

 

2020 © José Ramón Muñiz Álvarez

“Los bosques de los duendes misteriosos”



 

 

La plaza de la Baragaña-Candás (Asturias)

  Soneto II Los ángeles que busco, sin aliento, En el color que enciende la mañana, Parecen confesarnos con desgana, S...